Un edificio que quiere ser insecto. Una pieza que se posa en un jardín, abre las alas en verano y las repliega en invierno. El kiosco para el Centro Cultural Las Cigarreras de Alicante no es una arquitectura más en el catálogo del estudio: es un experimento sobre la condición efímera, el patrocinio como materia y el oficio como argumento. tamat estudio proyecta aquí una pieza que se sostiene sobre tres ideas simultáneas: una anatomía telescópica que crece y decrece con las estaciones, una gestión cooperativa entre administración pública y empresas privadas que se hace literalmente visible en la materialidad del edificio, y una artesanía heredada de la tradición fallera que convierte la construcción en oficio antes que en industria.
El insecto. Una anatomía como sistema de proyecto
El proyecto se enuncia desde una decisión radical en el orden taxonómico: el kiosco no se concibe como edificio sino como organismo. Esa sustitución no es un juego retórico. Es una herramienta operativa que disuelve las preguntas habituales de la arquitectura, fachada, cubierta, planta, alzado, y las reemplaza por otras: cabeza, cuerpo, cola; rigidez ósea, articulación toráxica, piel adaptable. Toda la lógica del proyecto se vuelve anatómica. Una vez aceptada la metáfora, todas las decisiones materiales y constructivas se reorganizan bajo ella.
Las tres partes del cuerpo no son una composición caprichosa. Cada una resuelve una condición funcional, climática y temporal distinta: la cabeza concentra todo lo permanente, técnico y estable; el cuerpo aloja la sala interior protegida; la cola se despliega como envolvente exterior estacional. Entre las tres se construye un edificio que cambia de tamaño según la estación, sin que ese cambio implique mecanismos motorizados, sistemas hidráulicos ni operaciones complejas. Solo una piel de varetas que se abraza al cuerpo en invierno y se despliega en verano para acotar el jardín.
La cabeza. El núcleo permanente como pieza Corian
La cabeza es la única parte del kiosco que no se mueve, no se transforma, no participa del juego estacional. Concentra todo lo que el edificio necesita estar siempre operativo: cocina, almacén, cámaras de frío, barra, atención al público, instalaciones técnicas. Su geometría es prismática y rotunda, lacada en blanco con piel de Corian, recortada limpiamente contra el jardín. Frente a la complejidad orgánica del cuerpo y de la cola, la cabeza es un volumen mineral, un objeto neto que aporta la estabilidad funcional y compositiva sin la cual el resto del edificio no podría permitirse ser flexible.
Esta pieza fija opera como basamento operativo: ancla el conjunto al suelo, resuelve la conexión con las redes de agua, electricidad y saneamiento, y permite que las demás partes del edificio puedan trabajar desde una lógica más liviana, más temporal, más expuesta. La división entre lo permanente y lo cambiante no es meramente organizativa: es estructural. La cabeza hace posible que el resto del kiosco no sea un edificio convencional.
El cuerpo. La sala estacional y su esqueleto metálico
El cuerpo es la pieza intermedia: una sala interior protegida del exterior por paneles de vidrio, sostenida por una estructura metálica vista, asimilable a las branquias del insecto. La metáfora anatómica se hace aquí literalmente constructiva. Las costillas estructurales no se ocultan tras un trasdosado: se exhiben como argumento, pintadas en una gradación cromática del amarillo al verde que cose la transición desde la cabeza fija hasta la cola textil. El esqueleto es la piel.
Esta decisión de exhibir la estructura recuerda una tradición arquitectónica precisa: la del edificio que muestra cómo está hecho como parte de su discurso. La estructura metálica del cuerpo no se entiende como soporte invisible de un cerramiento, sino como el cerramiento mismo en su grado más elemental: perfiles dispuestos rítmicamente, vidrio entre ellos, sin operaciones de revestimiento. Lo que en otra arquitectura sería el sistema portante oculto aquí es la imagen pública del proyecto.
La cola. Un tejido de varetas de olmo
La cola es la pieza más arriesgada del proyecto y, probablemente, la más bella. Se construye como una piel exenta de varetas de madera de olmo dispuestas sobre dogas principales, generando un tejido que abraza el cuerpo cuando el edificio está cerrado y se despliega para acotar una zona de jardín cuando el edificio se abre al verano. La técnica proviene directamente de la tradición fallera —el mismo recurso que el estudio ha utilizado en proyectos como la pastelería Tótel Madrid y el showroom de Wonders, pero aquí aplicada en su grado más expresivo.
Las varetas no se trabajan como acabado decorativo. Se ensamblan como fibra estructural propia de un cestero a escala arquitectónica, generando una superficie densa, vibrante, que cambia con la luz a lo largo del día y proyecta sombras tejidas sobre el suelo. De cerca, se lee como artesanía: cada vareta visible, cada nudo perceptible. De lejos, se lee como volumen escultórico: una concha, una crisálida, una nave varada en el jardín. La cola es una sola decisión que opera en múltiples escalas a la vez: detalle constructivo, imagen del edificio, regulador térmico de la terraza de verano y mecanismo de plegado estacional.
El proyecto trabaja aquí una idea poco frecuente en la arquitectura institucional: la envolvente como tejido vivo, no como cerramiento técnico. La diferencia es disciplinar. Un cerramiento técnico responde a la lógica del catálogo industrial, del producto homologado, del sistema certificado. Un tejido vivo responde a la lógica del oficio, de la materia local, del gesto artesanal acumulado. La cola del kiosco pertenece a esta segunda categoría sin renunciar a las prestaciones de la primera.
El patrocinio como pigmentación.
la cigarra como costura y modelo de gestión
El kiosco resuelve, además de un programa arquitectónico, un problema de viabilidad económica. La administración pública no podía financiar la obra en solitario y el proyecto se planteó desde el principio como una operación de patrocinio cooperativo entre empresas alicantinas y mancomunidad. Lo verdaderamente interesante no es el modelo de gestión en sí , existe en muchos otros equipamientos, sino cómo el modelo se hace literalmente visible en la arquitectura.
Los logotipos de las empresas patrocinadoras, Corian, Hispanitas, Finstral, Tecnocemento, Urbana, Abad, no aparecen como pegatinas añadidas al final, ni como placa conmemorativa retirada en una esquina. Aparecen integrados como pigmentación identitaria sobre cada pieza del edificio, distribuidos según la zona material que cada empresa ha aportado: Corian sobre la piel de la cabeza, Tecnocemento sobre el suelo, Urbana sobre las barandillas de vidrio, Finstral sobre las carpinterías. Los diferentes signos corporativos no decoran la pieza: la nombran .
Esta decisión es una de las operaciones más arriesgadas del proyecto. En la cultura arquitectónica dominante, la presencia visible de marcas comerciales sobre un edificio público se considera contaminación visual. Aquí se invierte la lectura: el logotipo deja de ser publicidad para convertirse en transparencia. Hace explícito quién pagó qué, quién aportó qué material, qué red de empresas hizo posible la pieza. El edificio se convierte en un recibo material visible, un documento construido de su propio modo de financiación.
La consecuencia disciplinar es importante: el kiosco propone que la economía del proyecto y su forma no son cosas separadas. La forma del edificio incorpora la trazabilidad de su financiación. En un momento histórico de creciente interés por la arquitectura como modelo cívico de cooperación , entre administración, sociedad civil y tejido empresarial, esta pieza adelanta una lectura que solo años después se ha vuelto común: la gestión es proyecto.
El jardín como soporte. Activar lo que ya estaba
El kiosco no se implanta en un solar vacío. Se posa sobre un jardín preexistente del Centro Cultural Las Cigarreras, un espacio público que la ciudad ya usaba pero que carecía de infraestructura para sostener actividad continuada. La intervención del estudio no transforma el jardín ni lo sustituye: lo activa. La cabeza Corian se ancla en el extremo, la cola de varetas se despliega sobre la zona ajardinada, y entre ambas el edificio reconoce y refuerza el carácter abierto del lugar sin colonizarlo.
Esta lógica de implantación es coherente con otras intervenciones del estudio sobre espacio público alicantino, como el concurso para la Plaza Séneca o el concurso Plaza del Mediterráneo, donde la arquitectura entiende su tarea como activación cuidadosa de lo existente, no como sustitución. La pieza arquitectónica es subordinada al espacio público al que sirve. El edificio sostiene el jardín; no al revés.
La obra como manifiesto. Tres ideas simultáneas
El kiosco Las Cigarreras es uno de esos proyectos que opera en varios planos a la vez sin perder coherencia en ninguno. Es una pieza arquitectónica con una idea formal clara —el insecto telescópico, la anatomía como sistema. Es una operación constructiva que recupera oficios casi extintos, la vareta de madera trabajada como tejido. Y se establece el paradigma de un experimento sobre el modelo económico del equipamiento público, el patrocinio como costura explícita. Cualquiera de las tres dimensiones por sí sola justificaría el proyecto. Las tres juntas lo convierten en manifiesto.
Quince años después de su construcción, el kiosco sigue planteando preguntas vigentes. Sobre cómo financiar lo público sin renunciar a su carácter público. Sobre cómo construir lo efímero sin renunciar a la calidad disciplinar. Sobre cómo recuperar oficios artesanales en una arquitectura contemporánea. Sobre cómo entender un edificio no como objeto cerrado sino como organismo vivo, estacional, mutable. La cigarra de tamat estudio canta —como su nombre sugiere— en un registro que la arquitectura institucional rara vez frecuenta: el del edificio que se sabe temporal y no lo lamenta.
Ficha técnica del proyecto
Proyecto: Acondicionamiento de jardín en el Complejo Cultural las Cigarreras
Localización: Complejo Cultural Las Cigarreras, Alicante
Año: 2021
Tipo: Equipamiento cultural · Cafetería · Paisajismo
Superficie: 55 m² interiores · 190 m² en configuración completa
Propiedad:
Mancomunidad del Alacantí.
Ayuntamiento de Alicante
Empresa constructora:
Sector Obra s.l.
Materiales: Estructura metálica, varetas de madera de olmo, vidrio, tecnocemento, Corian.
Arquitectos: tamatestudio (pablo belda + tomas amat)
Diseño:
Tomás Amat
Pablo Belda
Equipo diseño:
Ángel Sánchez Rico
Pedro A. Muñoz
Alejandro Sanchez
Javier Campoy
Fotografía:
David Frutos (BISimages)