El local no dejó más espacio que el que nadie quería. Los usos principales —la sala de Arola, las cocinas, los espacios técnicos— habían reclamado las áreas de mayor dimensión y planta más regular. Lo que quedó para la pastelería de Paco Torreblanca ↗ fue un corredor: largo, de ancho reducido, morfológicamente estrangulado.
Un espacio de tránsito obligado cuya única función prevista era servir de paso. tamat estudio no tomó ese corredor como una limitación a resolver. Lo tomó como la materia del proyecto.
La preexistencia activa. El corredor se convierte en protagonista
El espacio disponible para la pastelería dentro del conjunto de la Paninoteca de Sergi Arola en Madrid era el resultado de una distribución que priorizaba el restaurante: las zonas de mayor dimensión y regularidad geométrica habían sido ocupadas por la sala, las cocinas y los espacios de servicio. Lo que quedó fue un corredor con largo desarrollo longitudinal y un ancho sensiblemente reducido. Un espacio estrangulado en una de sus dimensiones. Cualquier intento de normalizar esa geometría habría producido un resultado convencional. La decisión de proyecto fue la opuesta: asumir el corredor como condición irreductible y trabajar desde dentro de sus propias restricciones.
La pregunta operativa no fue cómo ampliar visualmente el espacio, ni cómo disimular su estrechez. Fue cómo convertir el recorrido en experiencia. La longitud, que en otro contexto sería un defecto, se convirtió en el soporte de una secuencia espacial precisa: entrada, tensión creciente, apertura controlada, revelación del producto. El tiempo del recorrido es el tiempo del proyecto.
Exfoliación. La milhojas como lógica constructiva.
La respuesta llega desde el propio objeto que el espacio exhibe. El milhojas, esa pieza de repostería que Paco Torreblanca ↗ ha elevado a categoría disciplinar, no es aquí una referencia cultural ni un guiño retórico: es el principio constructivo del espacio.
Dos muros negros de gran desarrollo longitudinal se exfolian en capas superpuestas, pieles que se desprenden las unas de las otras, que se separan lo justo para abrir un intersticio entre ellas. La operación no es compositiva en el sentido clásico. Es gestual: despegar, albergar, generar tensión.
El muro exfoliado.
El muro principal, de más de treinta metros de longitud, avanza adherido al paramento derecho del local y se desdobla en dos bandas de exposición, frío, temperatura ambiente, para los pasteles, tartas y bombones.
El segundo muro, situado más hacia el centro del recorrido, genera una gran rasgadura horizontal que atraviesa oblicuamente el espacio, crea una desorientación controlada en el visitante y abre una zona pública de carácter más amplio y distendido. Ambos trabajan en negro neutro total, lacado mate: la superficie no refleja nada, no compite con nada, no tiene voluntad propia más allá de desaparecer.
El tercer muro, el más técnico de los tres, constituye el borde con la zona de Arola: alberga grandes cantidades de producto a nivel del suelo, genera estantes a la altura de la cabeza y marca la frontera con el espacio de elaboración final. Los tres muros no son superficies planas: son límites espesos que se habitan por dentro, que generan el espacio entre sus propias capas, que convierten el intersticio en el único lugar donde el producto puede aparecer.
El intersticio como lugar de exposición.
No hay luz que entre desde el exterior. No hay orientación solar, no hay ventanas, no hay fuente lumínica convencional. La luz nace dentro de la fisura: una iluminación orgánica a base de LED integrada en los intersticios entre las pieles de cada muro, que activa cada hendidura, cada desgarro, cada separación entre capas.
Roja en las cavidades bajas de exposición, intensa, visceral, casi violenta en su saturación. Violeta en algunas hornacinas de producto singular, fría, joyera, precisa. La gradación cromática no es decorativa: jerarquiza qué se ve primero, a qué temperatura y con qué intensidad. Es una luz que no ilumina el espacio; ilumina el objeto dentro del espacio.
El producto, una tarta, un bombón, un paquete de turrones envuelto en papel de seda aparece suspendido en ese intersticio iluminado como si fuera una pieza de orfebrería. La oscuridad total del muro obliga a concentrar la mirada. El espacio no compite con el producto: se retira para que el producto brille. Esta operación de vaciamiento del fondo para intensificar la figura es la que convierte un espacio de tránsito en un espacio de contemplación. El visitante no pasa por la pastelería; atraviesa una sucesión de fisuras iluminadas donde cada objeto tiene su cavidad, su temperatura de luz, su escena propia.
La fabricación.
El reto constructivo era muy preciso: generar superficies de doble curvatura a escala arquitectónica, con desarrollo orgánico continuo, sin juntas visibles, sin soldaduras que interrumpieran la fluidez de la piel. Los materiales industriales convencionales no daban respuesta satisfactoria a esa combinación de escala, curvatura y continuidad. La solución provino de una tradición artesanal valenciana que lleva décadas resolviendo exactamente ese problema.
Recuperación de la lógica de los maestros falleros.
Los maestros falleros, los artesanos que construyen cada año las grandes fallas de Valencia— trabajan con superficies curvas de gran dimensión, ligeras, dúctiles, que admiten cualquier desarrollo formal. El sistema que emplean es tan antiguo como eficaz: grandes dogas de madera ligadas con subestructuras internas, trabadas con baretas´tableros longitudinales de poco grosor que se adaptan perfectamente a la torsión de la superficie, generando la curva suave que los muros de exposición requerían. Sobre esa armadura, un recubrimiento de fibra de poliéster con cola de carpintero y agua endurece y unifica la piel, preparándola para el masillado y el sellado final con pintura acrílica de base acuosa.
Las fotografías del proceso de fabricación muestran los muros construidos en una nave industrial: piezas de más de quince metros de longitud montadas sobre caballetes, con las cuadernas de madera a la vista, los operarios trabajando a escala de las piezas. La trastienda del objeto arquitectónico tiene aquí la dimensión y la intensidad de la construcción naval. Esa escala de fabricación, el espacio del astillero, la estructura de cuadernas curvas, la laminación progresiva de la superficie, es parte constitutiva del proyecto: no es proceso oculto, es argumento. La complejidad formal del espacio terminado es inseparable de la complejidad del proceso que lo hizo posible.
Esta atención al oficio como instrumento de forma es también la que aparece en proyectos del estudio como entrecolycol, donde la lógica constructiva de los elementos verticales, su ritmo, su sección, su relación con el plano de fondo organiza el espacio de exposición desde la propia naturaleza del elemento portante.
Una complicidad: cocina, arquitectura, pastéleria.
Este proyecto no se entiende sin Paco Torreblanca, pero no en el sentido convencional de la relación cliente-arquitecto. Lo que el espacio construido revela es una sintonía de sensibilidades: la misma precisión con que Torreblanca trabaja la textura de una cobertura, el equilibrio entre capas en un milhojas o la relación entre la forma y el peso de un bombón, el estudio la traslada a la geometría de una fisura, al radio de curvatura de una piel, a la temperatura de color de un LED. No es homenaje ni traducción: es pensamiento común sobre el material, el detalle y el objeto.
Esta capacidad de construir una complicidad real con el cliente que piensa en los mismos términos que el arquitecto es la que el estudio encontró también en el encargo del restaurante de Susi Díaz en Elche, donde la cocina de vanguardia de Susi Díaz ↗ y la arquitectura del estudio construyeron juntas una experiencia que ninguna de las dos habría podido producir por separado. En ambos casos, la cocina no es el programa: es el interlocutor. El espacio no contiene la gastronomía; la continúa.
Muro/itinerario.
Hay proyectos que resuelven lo que les piden. Hay proyectos que transforman la pregunta. La pastelería Tótel Madrid en el local de Sergi Arola pertenece al segundo tipo. El corredor estrangulado que morfológicamente nadie quería se convierte en el espacio más denso y más específico del conjunto: un recorrido de fisuras iluminadas, de capas negras que se exfolian para mostrar lo que contienen, de una oscuridad que no suprime sino que concentra. La arquitectura no acompaña al producto. Lo instala en el único lugar donde puede aparecer con esa intensidad: dentro de la grieta.
Ficha técnica del proyecto.
Proyecto: Proyecto de Acondicionamiento de Local para Pastelería de Paco Torreblanca.
Localización :Madrid
Fecha de proyecto: Agosto de 2006
Tipología: Arquitectura e Interiorismo.
Superficie: 120 m² construidos
Empresa constructora: Sector Desarrollos S.L.
Autores: tamatestudio (pablo belda + tomas amat)
Diseño:
Tomás Amat
Pablo Belda
Colaboradores:
Ángel Sanchéz Rico
Nazaret Gil Poveda
Jorge Grau López
Noemí Sánchez
Laura Sánchez
Fotografía: Joan Roig fotografía de arquitectura
Realización: Manolo García Ramírez. Artesano fallero
Maqueta y Digitalización 3D: Alejandro Santaeulalia Serrán.
Electricidad e iluminación: O+D (iluminación).