Estudio Serafín, diseño de calzado, Elda. Alicante.
El proyecto ocupa el zócalo de una esquina urbana y convierte un programa de estudio profesional en una pieza nítida dentro del tejido residencial. La operación principal no abre el local por completo a la calle: gradúa la relación entre exposición y reserva mediante una envolvente de filtros, paños opacos, vidrio translúcido y huecos recortados con precisión.
La fachada deja de ser un plano pasivo y actúa como límite espeso. Da identidad pública al estudio, controla la privacidad y modula la entrada de luz. En el interior, la organización se apoya en una secuencia clara entre planta baja y planta primera, en espacios de trabajo continuos y en una escalera de fuerte presencia que concentra el paso entre niveles. El resultado es un estudio que no busca singularidad por exceso, sino por exactitud.
Condición inicial y conflicto.
El diseño del Estudio Serafín Albertos se proyecta en Elda en el año 2000 sobre una condición que define de entrada el alcance y los límites de la intervención: un local comercial en esquina, inserto en el basamento de un bloque residencial existente. El programa no es doméstico ni público en sentido estricto; es un estudio profesional que necesita a un tiempo presencia urbana y concentración interior.
Esa doble exigencia constituye el conflicto inicial del proyecto. Abrirse por completo a la calle convertiría el estudio en escaparate; cerrarse por completo lo aislaría de su contexto y le restaría identidad. La operación consiste en construir un sistema de mediación capaz de regular esa tensión sin resolverla en un solo sentido.
La envolvente como instrumento.
La respuesta del proyecto a ese conflicto se concentra en la envolvente. Sobre el frente de esquina, una piel continua de paneles oscuros envuelve el volumen del estudio y lo separa visualmente de la fachada del bloque superior. Esa piel no es homogénea. Se compone de al menos cuatro registros superpuestos que trabajan con lógicas distintas: un zócalo opaco en la franja inferior, paños de vidrio translúcido que permiten la entrada de luz sin exponer el interior, huecos recortados de proporciones distintas en asimetría controlada, y un cuerpo superior filtrante que corona el conjunto. La misma estrategia —organizar un espacio sin levantar paredes nuevas, ordenándolo desde el espesor del límite— atraviesa otros proyectos del estudio, como la reforma del restaurante La Finca by Susi Díaz, donde la operación se desplaza del muro al filtro.
Es el cuerpo superior el que introduce la operación más precisa del proyecto. Visto de día, aparece como un volumen opaco y pesado, una franja continua de malla o lamas que cierra la parte alta de la fachada y otorga al estudio una proporción rotunda en la calle. Actúa como visera, filtro solar y mecanismo de privacidad. De noche, cuando el estudio se ilumina desde dentro, ese mismo cuerpo invierte su lectura: la luz atraviesa el filtro y convierte la esquina en una presencia reconocible, una linterna urbana que señala la actividad interior sin desvelarla. La misma fachada que de día se repliega y protege, de noche se proyecta hacia la calle con intensidad controlada.
La composición de huecos en la zona inferior refuerza esa lógica. No hay retícula ni simetría. Cada apertura responde a una condición interior concreta —acceso, ventilación, iluminación puntual— y se recorta sobre el paño oscuro con precisión. Algunas aberturas incorporan vidrio translúcido de tono verdoso o azulado, visible tanto en el exterior como en el interior. Esos paños cumplen una función doble: dejan pasar la luz y la tiñen, generando en el interior una atmósfera cromática que distingue las zonas de fachada de las zonas opacas.
Organización interior.
La planta baja y la planta primera se leen en los planos como dos bandejas de trabajo servidas por un núcleo compacto de escalera, aseos y almacenamiento. La distribución es sobria y directa. En planta baja, los puestos de trabajo se organizan en hilera, orientados hacia la fachada translúcida. Un mueble perimetral continuo de madera clara recorre el lateral opuesto y resuelve archivo, apoyo y almacenamiento sin fragmentar el espacio. La iluminación artificial se suspende del techo en luminarias lineales que acompañan la longitud de las mesas, refuerzan la dirección dominante del espacio y mantienen una cota de luz baja, cercana al plano de trabajo.
El interior revela una escala contenida, donde los acabados —suelo continuo claro, paramentos lisos, carpinterías oscuras— se subordinan a la continuidad espacial. No hay particiones innecesarias. Las secciones confirman que la altura libre es limitada pero suficiente, y que la relación entre las dos plantas se construye exclusivamente a través de la escalera, que adquiere así un protagonismo proporcional a su función de articulación.
La escalera como pieza vertebral.
La escalera no es un elemento secundario. Es, junto con la envolvente, la pieza que concentra mayor densidad arquitectónica. Su trazado quebrado —un perfil en zigzag continuo, sin descansillo aparente— se ejecuta como un bloque macizo, con huella y tabica resueltas en un solo plano inclinado que se pliega sobre sí mismo. El resultado es una pieza de fuerte presencia escultórica que introduce espesor y gravedad en un espacio por lo demás contenido y horizontal.
La escalera ocupa un ámbito propio, flanqueada por paramentos lisos de tono claro y acompañada en su arranque por una escultura de Ganesha de escala considerable. El contrapunto entre la geometría estricta de la pieza y la presencia figurativa de la escultura evidencia que el estudio no renuncia a la densidad cultural del espacio de trabajo. La escalera no solo conecta niveles: ordena el recorrido interior y actúa como bisagra entre la zona de trabajo principal y las áreas más privadas de la planta primera. La sección, y no la planta, queda así convertida en el espacio donde sucede el proyecto — una operación que el estudio ha llevado más lejos en programas como la vivienda Villa Apiarum en Biar, donde el pliegue vertical organiza programa, luz y recorrido en su totalidad.
Luz de levante.
La luz nunca entra de forma uniforme. El interior muestra una gradación constante, próxima a la veladura: la fachada translúcida deja pasar una luz difusa y teñida, filtrada como a través de un tamiz que disuelve los contornos y deposita sobre las superficies interiores una luminosidad cálida y envolvente, característica de la costa levantina. Los huecos recortados introducen entradas de luz más concentradas; las zonas alejadas de fachada se retiran hacia la penumbra y se iluminan con luz artificial suspendida, tenue, que no compite con la claridad de la envolvente sino que la prolonga.
Esa dosificación no es un efecto decorativo. Responde a una estrategia de confort visual que jerarquiza los ámbitos: mayor intensidad en los planos de trabajo, menor intensidad en las circulaciones y zonas de transición, donde la penumbra protege y recoge. El filtro superior convierte la luz cenital directa en una luminosidad homogénea pero no plana, una veladura construida que transforma el interior del estudio en un espacio de concentración bañado por la luz de levante. Esta lectura de la luz como espesor y no como cantidad es el principio que tamat ha desarrollado de forma extensa en su ensayo sobre El elogio de la sombra de Tanizaki.
La relación con el exterior.
El proyecto se inscribe en una familia donde la envolvente deja de ser cierre pasivo y se convierte en el principal instrumento de relación con el exterior. La operación del filtro superior, capaz de invertir su lectura entre el día y la noche, sitúa al estudio en un territorio preciso: el del límite espeso, donde fachada y cerramiento no coinciden y el espesor resultante genera un gradiente de privacidad, luz y presencia urbana. Esa lógica, que en escalas mayores puede apoyarse en dobles pieles o galerías, aquí se resuelve con economía de medios: una malla, unos paños translúcidos y una composición de huecos que renuncia a la retícula. El mismo argumento de espesor sostiene proyectos como la Casa de la Torre en Relleu, donde el muro de piedra construye el espesor doméstico desde el material y no desde el sistema.
La escalera refuerza la lectura desde la sección. En un programa de dos plantas con superficie limitada, la pieza vertical adquiere un peso específico que excede su función circulatoria. Se convierte en el elemento que introduce densidad espacial en un proyecto que, sin ella, podría reducirse a dos bandejas horizontales servidas por un núcleo mínimo. La decisión de tratarla como volumen macizo y autónomo —no como hueco practicado en el forjado— transforma la circulación en acontecimiento espacial.
El proyecto se inserta también en una tradición productiva que Elda sostiene como ciudad del calzado, documentada en el Museo del Calzado de Elda y reconocida dentro de la oferta cultural de la ciudad . Diseñar el lugar de trabajo de un modelista de calzado no es un encargo neutral: exige un espacio que sostenga la concentración del oficio y, al mismo tiempo, declare su presencia en la calle. El proyecto demuestra que incluso en un programa reducido y en una inserción muy concreta —el basamento de un bloque ajeno— es posible construir arquitectura desde decisiones exactas: cómo se posa una pieza en la calle, cómo se filtra una mirada, cómo una escalera ordena un espacio y cómo una fachada puede dejar de ser solo cierre para convertirse en instrumento activo de relación entre lo público y lo privado.
Ficha técnica.
Proyecto: Estudio modelista Serafín Albertos
Localización: Elda, Alicante
Fecha de proyecto: Diciembre de 2000
Tipología: Reforma interior para estudio profesional
Superficie: 220 m²
Empresa constructora: Ginés Huertas S.L.
Autores: tamatestudio (pablo belda + tomás amat)
Diseño:
Tomás Amat
Pablo Belda
Colaboradores:
Ángel Sánchez
Jorge Grau López
Fotografía:
Jesús Alonso