El espesor del filtro.
Reforma del restaurante La Finca by Susi Díaz, Elche.
La reforma del restaurante La Finca by Susi Díaz ↗, resuelve un conflicto muy preciso: convertir una nave de eventos de 524 metros cuadrados en un espacio gastronómico capaz de sostener un servicio Michelin sin añadir una sola pared fija. La decisión no es menor ni cosmética. Determina todo lo demás. El proyecto no compartimenta el salón con obra: lo organiza con filtros.
La nave heredada.
La condición de partida era un volumen rectangular con pilares y cerchas de madera vistas que imponían su presencia en la sección transversal. La estructura no solo sostenía la cubierta; ordenaba la percepción y fragmentaba visualmente un espacio que, sin ella, habría resultado inerte. Pero la nave funcionaba como sala única, sin gradación entre la llegada y el fondo, sin zonas intermedias, sin la escala doméstica que exige una cocina de autor.
A esa condición se sumaba una terraza exterior que lindaba con el salón pero no dialogaba con él. El muro entre interior y exterior era neto. Un umbral sin matiz. El jardín permanecía ajeno al programa. La propiedad imponía, además, una restricción decisiva: la intervención tenía que ser reversible. Nada podía alterar la configuración original de sala de eventos de manera definitiva.
Compartimentar sin cerrar.
La operación rectora puede formularse en tres verbos: filtrar, graduar, contener. Ni uno solo de ellos implica construir un cerramiento. El proyecto trabaja con elementos suspendidos, móviles e independientes de la estructura preexistente, que permiten restituir el espacio original en cualquier momento sin tocar la nave. La amplitud deja de ser un problema y pasa a ser materia de proyecto.
Tres piezas fijas que delimitan sin fragmentar.
Sobre ese principio operan tres decisiones permanentes que ordenan el perímetro del salón sin fracturarlo.
Un bloque lineal de roble natural recorre uno de los lados largos. Contiene cocina, aseos, almacenaje y cuartos técnicos. Resuelve el programa servidor sin exhibirse: funciona como fondo útil. A lo largo del bloque aparecen las instalaciones murales de musgo preservado que acompañan la secuencia: piezas con geometrías angulares en verde, rojo y blanco, alojadas en hornacinas que las enmarcan como nichos. No son ornamento: actúan como hitos de recorrido, marcan la pauta del paseo lateral y evitan que el bloque se lea como un muro ciego.
En el lado opuesto cierra el fondo una barra de coctelería de 14 metros, con remate en mármol veteado, que conecta con el acceso al restaurante preexistente y funciona de manera autónoma respecto al comedor. Permite abrir el servicio de cócteles sin activar toda la sala.
La tercera pieza es el techo. Unas estructuras suspendidas, revestidas de corcho con perforación irregular, flotan sobre las zonas de mesas. Resuelven el acondicionamiento acústico de una cubierta demasiado alta para el uso gastronómico y aportan una densidad visual que trae la escala a una altura habitable. El corcho no es un acabado técnico disfrazado: es materia legible, con grano, con poro, con temperatura cromática. Trabaja como contrapeso del suelo y de los filtros metálicos.
Las cortinas metálicas: filtro y profundidad.
Dentro del perímetro definido por las tres piezas fijas, la compartimentación efectiva del comedor se confía a cortinas de malla de aluminio que se descuelgan de guías integradas en el techo. Cada configuración posible genera un escenario distinto. Espacios contenidos por otros mayores. Estancias que a su vez contienen mesas singulares. La profundidad visual se multiplica porque ninguna cortina obstruye del todo: filtra. Superpone. Vela.
La expresión correcta no es opacidad sino veladura. Desde cualquier mesa, el comensal percibe capas sucesivas de aluminio translúcido que dejan pasar las imágenes de lo que hay más allá, atenuadas, calladas, en proceso continuo de superposición. La intimidad se conquista sin clausura. La conexión visual con el conjunto se mantiene sin exposición. Así cada mesa encuentra su lente propia sobre el restaurante, y el restaurante encuentra su escala.
Este sistema de malla es el gesto disciplinar central del proyecto. No trabaja como tabique suspendido ni como cortina textil: trabaja como límite espeso. La separación no es una línea, sino un espesor. Ese espesor se puede cruzar con la mirada pero no con el cuerpo, y esa asimetría —mirada permeable, cuerpo contenido— define toda la atmósfera. Esa exigencia de filtro y veladura define buena parte de nuestro modo de trabajar en interiorismo Oficinas Isisi.
El acceso como filtro: umbral, antecámara y obra de arte.
El mismo principio de filtro opera ya desde la llegada al restaurante. El acceso no se produce por un umbral convencional, sino a través de una secuencia construida que prepara al comensal antes de que el salón se revele. Un volumen de hormigón oscuro se adelanta sobre el césped del jardín, con un frente de listones verticales de madera clara donde aparece el logotipo del restaurante. La cubierta de ese volumen vuela sobre el acceso y está perforada por oquedades circulares y ovaladas de geometrías y diámetros dispares, que enmarcan el cielo, la vegetación y la bougainvillea como si fueran hallazgos y no continuidades.
Tras la puerta de madera el recorrido no desemboca en el comedor, sino en una antecámara. Un pasillo estrecho revestido de listones verticales de roble conduce hacia un segundo muro perforado, también con círculos dispares, que abre visualmente al jardín interior antes de permitir el giro hacia la sala. La secuencia —puerta, antecámara, muro filtro, giro— demora la llegada, gradúa la presión acústica y prepara la escala. El comensal no entra: es conducido.
Omar arraez, artista en posición.
En el lateral de la antecámara, a la altura de la mirada, comparece una obra del artista Omar Arráez ↗, pieza sobre fondo oscuro con una figura femenina de trazo gestual en ocres y negros, montada sobre vidrio y retroiluminada. La coincidencia no es casual: Arráez es, como el estudio, eldense, y su presencia en este punto del recorrido convierte la antecámara en una sala de transición entre el jardín y el comedor. La obra no decora la pared: la activa. Introduce una pausa contemplativa justo antes de que el comensal entre en contacto con el sistema de filtros interiores. Donde la arquitectura prepara el cuerpo, la pintura prepara la mirada.
Este régimen de filtro complementa al de la malla metálica interior. Si las cortinas veladas trabajan con la disolución de la imagen, los muros perforados del acceso trabajan con el recorte. Allí donde la malla disuelve, el hormigón selecciona. Donde la malla multiplica las profundidades, el muro fija las distancias. Un mismo principio proyectual —mediar entre ámbitos sin trazar muros opacos— se ejecuta dos veces, con materiales y registros distintos. Esa coherencia entre interior y exterior es lo que convierte la intervención en algo más que una operación de interiorismo.
Vegetación suspendida y atmósfera.
Sobre las mesas cuelgan masas de vegetación seca: hojas de palma, cactus, cocos, gramíneas. Descienden del plano del corcho como cuerpos suspendidos. Funcionan en tres planos a la vez: bajan la escala vertical, introducen una naturaleza tratada —ni fresca ni muerta, desecada, estabilizada— y vinculan el interior con el jardín por vía iconográfica. No son adorno vegetal: son un tercer dispositivo de compresión espacial, añadido al corcho y a las cortinas.
La luz trabaja en coherencia con este sistema. En servicio, la luz artificial domina y se distribuye para que las cortinas metálicas no la bloqueen sino que la refracten, generando gradaciones de penumbra controlada en las zonas más interiores. En horario diurno, las grandes aberturas al jardín devuelven la luz natural al salón, que atraviesa las mallas produciendo sombras largas sobre el pavimento verde. La atmósfera no es monocorde: admite el día y la noche como estados distintos del mismo interior.
Continuidad cromática: un pavimento para tres ámbitos.
El pavimento vinílico verde del salón se extiende a la terraza. El césped artificial del jardín completa la continuidad. Esta decisión no es ornamental: unifica los tres ámbitos —sala, terraza y jardín— en un plano continuo que simplifica la lectura del conjunto y disuelve la jerarquía entre dentro y fuera. El comensal recorre un solo plano de referencia. La continuidad no elimina el límite: lo espesa, lo desplaza al plano vertical, lo confía a las mallas y a los muros filtro del acceso.
Construcción:
Las cortinas se descuelgan de guías metálicas integradas en subestructuras suspendidas. Los paneles de corcho se fijan a bastidores independientes. Los bloques de roble y la barra de mármol se apoyan como mobiliario pesado, no como tabiques. Las masas vegetales cuelgan de líneas discretas. Hasta el volumen de acceso es una pieza autónoma sobre el pavimento.
Esa disciplina garantiza la reversibilidad exigida por la propiedad y, al mismo tiempo, produce un efecto espacial característico: todo en el salón está cayendo desde arriba. El techo no es un plano pasivo sino el origen del espacio. Desde él descienden el corcho, las cortinas, la vegetación. El proyecto no construye hacia arriba: suspende desde arriba.
Resultado
La intervención transforma una nave sin cualidad espacial en un interior capaz de administrar intimidad, escala y atmósfera sin renunciar a la amplitud ni a su reversibilidad. La estructura preexistente deja de ser un obstáculo y se incorpora como marco. Las cortinas de aluminio resuelven la compartimentación funcional y la percepción de profundidad con un único sistema. El volumen de acceso extiende ese principio al encuentro con el jardín y cierra el círculo.
La Finca gana identidad arquitectónica sin depender de gestos formales gratuitos. La lógica del proyecto descansa en operaciones precisas y reversibles: filtrar, contener, graduar, conectar. El interés del caso, fuera del dato gastronómico, está en demostrar que una compartimentación rigurosa puede hacerse sin muros, y que un límite puede ser denso sin ser opaco. En eso consiste, aquí, la aportación disciplinar. Puedes explorar otras piezas en proyectos de restauración para Alfonso Egea, proyecto para Paco Torreblanca en Madrid o leer otros escritos del estudio en Estratópolis, nuestra sección editorial.
Ficha técnica del proyecto.
Proyecto: Reforma del restaurante La Finca by Susi Díaz
Localización :Partida de Perleta. Elche, Alicante
Fecha de proyecto :Octubre de 2021
Tipología: Interiorismo para restauración
Superficie: 524 m²
Promotor: Gastronomía Ilicitana S.L.
Empresa constructora: Sector Desarrollos S.L.
Autores: tamatestudio (pablo belda + tomás amat)
Diseño:
Tomás Amat
Pablo Belda
Colaboradores:
Noelía Juan Miñano
Dario Lisón Campillo
Intervención artística :
Omar Arráez
Fotografía:
David Frutos (BISimages).