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Fachada CEU Elche

Fachada CEU Elche: segunda piel de acero corten perforado para unificar el edificio universitario en Elche. tamatestudio.

Flecha abajo
Fachada CEU Elche detalle corten y vidrio

La piel del tiempo acumulado

Intervención en la fachada del edificio Cardenal Herrera, Universidad CEU San Pablo, Elche

La intervención en la fachada del edificio Cardenal Herrera de la Universidad CEU San Pablo en Elche afronta un conflicto que no es formal, sino biográfico: un edificio institucional que había crecido por acumulación, con intervenciones superpuestas en el tiempo, había dejado de leerse como unidad. No había una fachada: había episodios. No había una identidad: había huellas.

La operación rectora del proyecto es tan sencilla de enunciar como exigente de ejecutar: dar al edificio una sola piel. No borrar lo acumulado, sino envolverlo. No restaurar, sino ordenar. Un material, un solo tono, una sola vibración, aplicada sobre la totalidad de la propiedad universitaria, que absorbe las intervenciones heredadas sin negarlas y devuelve al conjunto una presencia legible en la ciudad.

Esa piel está hecha de acero corten. Y todo lo demás —la perforación, el zócalo, el acceso, la estrategia urbana— se ordena a partir de esa decisión única.

El edificio heredado

La condición de partida es la de un gran contenedor universitario fragmentado. Distintas intervenciones a lo largo del tiempo habían ido resolviendo necesidades parciales —añadidos, ampliaciones, ajustes programáticos— sin que ninguna de ellas asumiera la responsabilidad de construir el exterior del edificio. El resultado era un interior universitario moderno envuelto en una fachada discontinua, con saltos volumétricos, cambios de material y trazas de actuaciones previas que se leían en yuxtaposición sin gramática común. A ese perímetro se sumaban, además, los intervalos de edificación privada adosada al CEU, que interrumpían la propiedad universitaria sin posibilidad de ser absorbidos por ella.

A esta condición se suma la del entorno urbano. El edificio no se percibe desde una visión frontal. El centro histórico de Elche no lo permite: calles estrechas, peatonales, irregulares, con edificaciones altas y escasa luz cenital, ofrecen al peatón una perspectiva forzosamente fragmentaria. La fachada se descubre por tramos. Se ve desde abajo, escorzada. Aparece y desaparece entre encuadres urbanos. No hay plaza, no hay distancia, no hay vista completa.

Esa condición impone la pregunta que vertebra el proyecto: ¿cómo se construye la unidad de un edificio que nadie puede ver entero?

Unificar con una sola piel

La respuesta no pasa por la composición, sino por la continuidad material. El proyecto envuelve el edificio con una segunda piel de acero corten que se extiende sin interrupción por las tres calles que lo delimitan —San Isidro, Comisari y el Pasatge— respetando los intervalos de edificación privada y absorbiendo cuantos saltos y entrantes había en el perímetro heredado del CEU. Allí donde antes se leían intervenciones sucesivas, la piel lee un solo edificio. Allí donde antes había ruido visual, la piel impone silencio material.

Esta operación no es revestimiento, ni en sentido técnico ni en sentido crítico. Es infraestructura. Entre la piel exterior y el cerramiento preexistente se abre una cámara técnica que trabaja como capa activa: mejora el comportamiento ambiental del edificio, introduce ventilación, recoge instalaciones, protege del soleamiento directo. La fachada gana espesor físico y espesor funcional al mismo tiempo. No es un envoltorio: es un dispositivo.

Arquitectura de aproximación

Al proyecto no se lo puede leer desde una sola imagen, porque la ciudad no lo ofrece así. Se concibió, deliberadamente, como una arquitectura de aproximación. Aparece en la retina del peatón a cuentagotas: primero un plano de óxido visto al fondo de una calle, después la esquina, después el flanco lateral, al final el encuentro con el acceso. La fachada no se presenta: se revela por partes.

Esta lógica libera al proyecto de la exigencia compositiva del frontispicio y le pide otra cosa: que cada encuadre parcial que la ciudad ofrezca sobre ella funcione como imagen completa en sí misma. Desde cada calle, la fachada debe ser legible, estable, identificable. El óxido, continuo, resuelve esa demanda: no compone, pero firma. No narra, pero sostiene.

El proyecto utiliza la fragmentación urbana a su favor. En lugar de pelearla, la acepta como condición y hace de ella un argumento. Esta misma lógica —dejar que la ciudad determine cómo el edificio se presenta— aparece en otras piezas del estudio en Elche, como el Espacio Martinelli o el Showroom Wonders, donde la relación entre lo nuevo y la calle preexistente se resuelve sin mimetismo y sin estruendo.

La perforación como sistema

La segunda piel no es ciega. Las chapas de corten están perforadas con oquedades minúsculas y asimétricas, distribuidas según una lógica que responde, por dentro, a la posición de los huecos del cerramiento preexistente. La perforación no se compone desde fuera: se deduce de las necesidades interiores. Cada aula, cada zona común, cada vestíbulo, determina dónde la piel debe dejarse atravesar por la luz.

El efecto de este sistema es doble. De día, la piel se lee como una masa densa y vibrante, una superficie de óxido animada por microperforaciones que introducen puntos luminosos dispersos sobre la chapa. No es transparencia: es respiración. De noche, la relación se invierte. La luz interior, tamizada por las perforaciones, se vierte sobre la calle histórica como una constelación discreta. El edificio deja de absorber y empieza a emitir. La fachada no cambia de forma: cambia de régimen.

La arquitectura no ilumina: se deja iluminar por dentro. Esa inversión es la que convierte a la fachada en un elemento vivo dentro del casco antiguo.

El corten como argumento

La elección del acero corten no es decorativa, ni siquiera, en rigor, solo material. Es argumental. El corten introduce en el proyecto tres condiciones que ningún otro material habría aportado simultáneamente.

La primera es el tiempo. El corten no llega terminado: se hace con el tiempo. Su pátina evoluciona con la intemperie. Cambia de tono con la estación. Se oscurece con la lluvia y se aviva con el sol. En un edificio que quería reconciliar intervenciones históricas acumuladas, elegir un material que se oxida lentamente es un acto de coherencia conceptual: la fachada asume, materialmente, la lógica de acumulación que el edificio ya llevaba dentro. Lo que antes era suma de episodios, ahora es una sola pátina en curso.

La segunda es la densidad. El corten tiene peso visual. Aporta la consistencia matérica que un edificio universitario en un casco antiguo necesita para no desaparecer entre las fachadas blancas de su entorno. Frente al revoco claro de los edificios vecinos, el óxido funciona como contrapunto, no como violencia.

La tercera es el bajo mantenimiento. La pátina protege. La chapa no se pinta, no se limpia, no se sustituye. Una envolvente institucional tiene que envejecer bien sin exigir cuidados desproporcionados, y el corten resuelve ese requisito sin sacrificar carácter.

El material no decora: construye identidad. Esa es la diferencia entre un revestimiento y una piel.

El zócalo de vidrio

A ras de calle, la operación cambia de registro. Bajo la piel de corten, el edificio se apoya en un gran zócalo de vidrio que recorre la planta baja en todo el perímetro edificado. Dos materiales, dos tiempos: arriba el óxido lento, abajo la superficie pulida. Dos regímenes visuales: arriba la densidad opaca, abajo la transparencia parcial.

Este zócalo no es un gesto de apertura total. Es un filtro de otra clase. El vidrio tratado deja ver sombras, volumetrías, movimientos interiores sin revelar el detalle del aula o la oficina. Funciona como membrana urbana: permite que la vida universitaria se dé a leer hacia la calle sin exponerse. Al mismo tiempo, el zócalo libera al óxido de tocar el suelo. La fachada no se planta: flota. El corten no pesa sobre el peatón, porque el vidrio se interpone como colchón visual.

La relación entre los dos materiales es lo que convierte a la fachada en un edificio de dos tiempos. Arriba, el tiempo lento de la pátina. Abajo, el tiempo rápido de la actividad urbana. La arquitectura administra los dos sin mezclarlos.

El acceso tangencial

El acceso al edificio se ha desplazado de la posición histórica y se ha planteado de manera tangencial, integrado en el recorrido peatonal de la calle. No hay puerta monumental, no hay frontispicio, no hay escalinata. Hay un punto en el zócalo donde el vidrio cede el paso al interior, y ese punto no interrumpe el recorrido,lo acompña.

Esta decisión es coherente con la lógica de aproximación que vertebra todo el proyecto. Si la fachada se descubre por tramos, el acceso no puede ser una excepción monumental. Tiene que pertenecer al mismo régimen de continuidad urbana que el resto de la envolvente. El peatón no entra al edificio: pasa de la calle al edificio sin cambio de escala, sin esfuerzo ceremonial, sin ruptura.

El acceso tangencial es también una declaración institucional. Una universidad que se incorpora al casco antiguo no debe impostar presencia: debe integrarse. Entrar al CEU por el lateral, sin discurso, es una forma de decir que la universidad no se sitúa frente a la ciudad, sino dentro de ella.

Resultado

La intervención en la fachada del edificio Cardenal Herrera transforma un contenedor fragmentado en un edificio con identidad institucional reconocible sin recurrir a ningún gesto formal espectacular. La lógica del proyecto descansa en cuatro operaciones articuladas entre sí: unificar una fachada acumulada con una sola piel material; filtrar la luz y las instalaciones en una cámara técnica intermedia; respirar a través de una perforación deducida del programa interior; y acompañar al peatón con un acceso tangencial y un zócalo de vidrio que no interrumpen el recorrido de la calle.

Ninguna de estas operaciones es ornamental. Todas son infraestructurales. Esa es la aportación disciplinar del proyecto: demostrar que una fachada puede ser, a la vez, imagen institucional y sistema técnico, sin que ninguna de las dos condiciones comprometa a la otra. Que la unificación no exige borrar lo heredado, sino envolverlo con un material que lo reconcilie. Y que el óxido, entendido no como pátina estética sino como tiempo asumido, puede ser la materia precisa para restituir la unidad a un edificio que había perdido la suya.

El edificio, encargo institucional de la Universidad CEU Cardenal Herrera ↗, es hoy parte del paisaje del casco antiguo de Elche. La piel de corten ha envejecido como se esperaba: cambia cada día, sigue siendo la misma.

Ficha técnica del Proyecto

Proyecto — Intervención en la fachada del edificio Cardenal Herrera, Universidad CEU San Pablo, Elche

Localización :Elche, Alicante

Fecha de proyecto :Octubre de 2021

Tipología: Rehabilitación · Fachada institucional, edificio universitario

Superficie: 1.491 m² de acero corten perforado

Promotor:  Fundación Universitaria San Pablo CEU

Empresa constructora: Esclapes e Hijos

Autores: tamatestudio (pablo belda + tomas amat)

Diseño:

Tomás Amat
Pablo Belda

Colaboradores:

Ángel Sánchez

Fotografía:

Joan Roig

Fotografía de maqueta:

Jaime Brotons